Todo evento tiene un significado, y un público objetivo. Eso, en política, se cumple aún con mayor frecuencia. No hay ningún acto político que no tenga unas necesidades elementales: una imagen, un mensaje y, para los medios de comunicación, un titular.
En la imagen, la reciente firma del llamado “Acuerdo Social y Económico”; el título es más largo, pero lo cierto es que no me acuerdo de él completo, porque lo que se construyó con imágenes es esa primera frase; si os fijáis además, dando prioridad en el orden a lo social (no sólo en la imagen; luego lo explicaré).
El acto estaba cuidadosamente preparado. Para ello, se creó un escenario y se fabricó una imagen específica y se definió una foto concreta: manos unidas.![]()
Si os fijáis bien, la foto está calculada, igual que la disposición en la mesa. Decía antes que el nombre del acuerdo empieza por lo social, y en la foto de la derecha podéis ver cómo es la disposición de la mesa, en la que se ha dado preeminencia a los sindicatos en la presidencia, a ambos lados del presidente del Gobierno. Es una presidencia par en la que a la izquierda de Rodríguez Zapatero está el máximo dirigente del sindicado UGT, y a la derecha el del CCOO. Después están los agentes económicos y el ministro de Trabajo.
Sin embargo, en el momento foto, el ministro de trabajo deja de estar en una esquina para trasladarse al centro de la imagen, ahora ya en segundo lugar en prelación, y dejar lo económico, lo menos importante en el mensaje, a un lado.
Sin embargo, la organización tiene un “pero”: la invitación. ´Siempre mantengo que invitar es un arte y que la forma de hacerlo requiere un minucioso estudio. Y en este caso, a mi juicio, falló. Se interpretaba, si no dar idea de una segunda versión de los “Pactos de la Moncloa”, algo parecido. Pero se invitó a los representantes de los partidos políticos del arco parlamentario por correo electrónico. El resultado está a la vista. Pero insisto, es por poner una pega a la foto. La imagen, desde luego, está muy cuidada. Y los mensajes mediáticos, están transmitidos.
Esta querida profesión presenta un grave problema terminológico: los propios profesionales no nos ponemos de acuerdo para poner un nombre global y válido para todos. Las palabras “protocolo”, “ceremonial” u “organización de eventos” surgen mezcladas con otras como “imagen”, “comunicación”, “relaciones públicas”, “relaciones institucionales” o “relaciones externas”.
Hasta hace relativamente poco, protocolo y ceremonial eran palabras utilizadas casi en exclusiva para actos de Estado o, al menos, para actos oficiales. Hoy, aparecen por todas partes, incluso mal empleadas. Quién no ha oído hablar de protocolo para denominar a lo que sólo es educación y buenas maneras. O cuando el locutor de un espacio televisivo se atreve a decir que tal o cual personaje “rompió el protocolo” para saludar a la gente.
Este es uno de nuestros grandes problemas: si no podemos definir nuestro nombre, ¿cómo podemos perseguir la definición de una ciencia? Si el protocolo, o como lo llamemos en el futuro, no tiene sus propios conceptos, no puede tener teoría y, menos, ser considerado una ciencia propia o auxiliar.
El principio de toda doctrina debe ser la consideración, estudio y definición de su nombre; como apunta Mendizábal: examinar la significación de los términos ayuda a descubrir la naturaleza de las cosas por ellos presentadas.
¿Protocolo, organización, dirección, gestión de actos o de eventos? He ahí el dilema.
Os recomiendo la lectura de un artículo de María Luz Álvarez, doctora en Comunicación por la Universidad de Vigo e investigadora de esa misma universidad, que hizo su tesis doctoral bajo el título Nociones de protocolo desde la bibliografía de sus autoridades. El artículo fue publicado en el número 11 de Icono 14, Revista de comunicación y nuevas tecnologías, en julio de 2008, y puedes descargarlo haciendo clic aquí. María Luz también es autora del blog Protocolo y comunicación.

