Esta es la entrevista que le hacen en El Diario Montañés:

En la Universidad de Cantabria se puede cambiar el dicho y proclamar que detrás de un gran rector siempre hay una gran mujer: Celina Cuevas. Oficialmente lleva 15 años como jefa de protocolo pero, desde su incorporación a la institución académica hace 35 años, su trabajo ha estado relacionado con este trabajo. Ahora se jubila y ha vivido tantos acontecimientos en la institución que le cuesta quedarse con uno sólo.

-¿Qué trabajo realiza un jefe de protocolo?

-Resumiendo, yo diría que el trabajo de un jefe de Protocolo consiste en planificar, organizar y coordinar la ejecución de todos los actos académicos solemnes y los eventos de carácter institucional que tienen lugar en la universidad, además de apoyar y asesorar en los que se realizan por los diversos centros; cuidando de que se cumplan las normas de protocolo y de que todas estas actividades sean un fiel reflejo de la cultura corporativa de la institución.

-¿Cuáles han sido los mejores y peores momentos en estos 35 años de trabajo?

-Ha habido muchos momentos buenos y malos. El peor, sin duda, fue tener que atender a la organización de los actos que realizamos con motivo del fallecimiento del rector Juan José Jordá, por las implicaciones afectivas, por no tener referencias en otras universidades de cómo llevar a cabo el sepelio de un rector y por la inmediatez con la que hubo que organizar todo, fue un momento muy duro. Recuerdo algunos otros momentos ya más anecdóticos; en una ocasión, en la apertura de los Cursos de Verano que se realiza en la iglesia de Santa María en Laredo, teníamos todo perfectamente organizado y estábamos muy tranquilos. Comenzamos a formar el cortejo académico a la hora señalada y entonces nos dice Miguel Delibes, que era quien leía la lección inaugural ese año, que si le hemos puesto en la mesa un flexo. Le contesto que no, pero que no se preocupe que hay muy buena luz en el templo y me dice que él precisa una luz puntual y que si no está colocada no puede impartir la lección. En aquellos años no había móviles, eran las ocho de la noche, el comercio estaba cerrado, nos encontrábamos en lo alto del pueblo y en una iglesia…. No sé como lo hicimos; mientras yo le decía al secretario general que parase el cortejo, todo el equipo salió corriendo y alguien consiguió en una casa particular un flexo y una alargadera. Fueron 10 minutos de infarto. Pero al final el cortejo desfilo con toda normalidad, como si no hubiera pasado.

-¿Y todos los actos tienen tanta tensión?

-No, he vivido momentos muy emocionantes. Hace unos días en la Universidad de Huelva los responsables de protocolo de las universidades españolas acordaron por aclamación concederme la mención de honor de nuestra asociación. Ha sido el reconocimiento de mis propios compañeros que me entregaron el diploma a las puertas del Rocío y de manos de Javier Carnicer, jefe de Protocolo de las Cortes de Aragón, organizador del protocolo de la Expo de Zaragoza y todo un referente para los que nos dedicamos a esta profesión. Creo que para mi los mejores momentos son aquellos en los que al finalizar un acto nadie se acuerda del protocolo, todo ha ido como si allí no hubiese habido una intervención previa y los que saben lo que hay detrás se acercan y te dice ¡perfecto!… ese es un momento que compensa todo el trabajo.

-¿Qué recuerdo guarda de los rectores con los que ha trabajado?

-He trabajado con los siete rectores que ha tenido la Universidad de Cantabria. Mantengo un recuerdo muy bueno de todos ellos; unos como Gómez-Laá por su personalidad; otros por haber vivido con ellos todo el proceso de evolución democrática y de elaboración de los primeros Estatutos como el rector Ureña. El rector Vinuesa consolidó la figura del jefe de Protocolo. Me obligó a salir, a viajar, a relacionarme con las demás universidades, a colaborar en consolidar la situación protocolaria de la UC y a resaltar la singularidad del ceremonial universitario no como una actitud contrapuesta a las demás instituciones sino como un enriquecimiento dentro del conjunto de las instituciones cántabras. El actual, Federico Gutiérrez-Solana, es muy receptivo. Respetuoso con las opiniones técnicas, humano, un rector que te hace sentir parte de su proyecto por una universidad que cada día responda más a las necesidades de la sociedad cántabra. Haber tenido la oportunidad de trabajar al lado de todos ellos supone para mi un orgullo y un honor.

-Está hablando de rectores con una gran personalidad y carisma ¿Han seguido siempre sus consejos sin protestar?

-¡Dios me libre de dar consejos! Lo que si hacen en escuchar y yo me precio de exponer siempre que me lo piden mi criterio técnico con toda lealtad, luego ellos deciden que para eso los hemos elegido.

-El presidente Revilla, con su espontaneidad ¿es el terror de los jefes de protocolo?

- Revilla sabe administrar perfectamente su espontaneidad. Desde luego cuando viene a la Universidad el presidente, que es un universitario de pro, conoce el ceremonial, lo respeta y se comporta como el más disciplinado de los claustrales. Eso sí, quiere que se cumplan los tiempos establecidos y nos pide que llenemos el Paraninfo. Poco a poco lo vamos consiguiendo.

-En su profesión ¿se vale más por lo que se calla?

-Creo que hay un poco de leyenda en eso, los jefe de protocolo como cualquier profesional que se encuentre cerca del poder tienen la obligación de ser discretos.

-¿Qué es lo más bonito de su trabajo?

-La ‘cocina’, el saber por qué y para qué hacemos las cosas; cuando consigues que todo el aparato externo refleje la imagen que la institución tiene de sí misma y ves que las personas que han intervenido y asistido a un acto han captado ese mensaje, eso es lo más bonito.

-No me diga que Bolonia también afectará al protocolo.

Por supuesto que le afectará, la interrelación que va a haber entre las universidades europeas a todos los niveles nos va a obligar a adaptarnos y a coordinarnos y eso también ocurría en lo protocolario.

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Unas 4.000 personas han despedido el año en Lepe a las ocho de la tarde de ayer, 28 horas antes, en una actividad organizada por tercer año consecutivo con la que el Ayuntamiento quiere hacer cada año un "ensayo general de las campanadas".

Poco después de las 19.30 de ayer, una pantalla gigante instalada en la Plaza de España ya mostraba un reloj que entonces marcaba las 23.30 horas, para comenzar la cuenta atrás para el fin de fiesta, este año con una nueva ubicación, ya que todas las actividades navideñas se han centralizado en la Plaza de España, de dimensiones algo más pequeñas que la calle Real de Lepe, donde se ha realizado los dos años anteriores.

A las siete ya no había sitio en la plaza para recibir anticipadamente el año

Una hora antes de las ocho de la tarde, cuando sonaron las 12 campanadas, ya casi no había huecos libres en la plaza, cortada al tráfico, donde se concentraron las personas que dieron la bienvenida con antelación al nuevo año, fundamentalmente vecinos de Lepe y de los pueblos cercanos.

Un montaje audiovisual hizo que se mezclase el sonido de las campanadas con la imagen del reloj de la fachada del Ayuntamiento de Lepe. Nada más comenzar la celebración, los participantes fueron obsequiados con una de las nevadas que cada día caen sobre la plaza lepera de forma artificial en las fiestas navideñas.

El 31 los leperos recibirán el año nuevo en el recinto romero

Había una cierta preocupación por la respuesta de este año, debido a que las estrecheces económicas del Ayuntamiento han hecho que el alcalde pidiese a los vecinos que aportasen ellos mismos las uvas y el champán, pero la respuesta fue masiva.

Ya de forma oficial, los leperos cumplirán mañana con la tradición de recibir el año nuevo en el recinto de la romería, donde habrá instalada una pantalla gigante en la que se proyectará el mensaje de fin de año del equipo municipal de Gobierno previamente a las campanadas.

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