Quédese en casa el que no osa, o no sabe o no quiere sudar el pan, la fama y el honor. Nosotros no.
Quédese en casa el que tiene por oficio la lisonja y por beneficios las rentas de la adulación. Nosotros no.
Quédese en casa el que rezonga en voz baja lo que calla en voz alta. Nosotros no.
Quédese en casa el que sigue el rumbo que le marca el viento; el que se hincha con los buenos tiempos y desfallece con los adversos. Nosotros no.
Quédese en casa el que llama delirio al fervor, chaladura al entusiasmo y desvarío a la lealtad. Nosotros no.
Quédese en casa el cuco, el listo, el harto, el pícaro, el vividor, el displicente. Nosotros no.
Quédese en casa el que teme pasar por iluso, enamorado, ingenuo, loco por un ideal que vale la pena vivir y merece la gloria morir. Nosotros no.
En suma, señor bachiller, el que recibiendo cuerpo no le pone alma, el que siendo hombre no se arma caballero, ¡váyase a su casa! Por todas estas razones, y por las nobles leyes de la Caballería, jamás se dirá que Don Quijote de la Mancha se volviera a su casa, ni que los auténticos se volvieran a las suyas.
(Me lo enseñaron de pequeño; nunca se me olvidará.)
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Ahí está España; desde la cumbre de Sierra Nevada, desde el Mulhacén, el Veleta o la Alcazaba, podemos contemplarla por encima del tiempo y de la distancia… Y amarla.
