Gane España o no el Mundial, lo cierto es que ha subido enteros una combinación de colores que estaban un poco a la baja; lo rojo y gualda había dejado paso a un sentimiento de esconder la bandera y los colores que nos han hecho una gran nación.
Ha tenido que ser una selección deportiva con su garra y su espíritu de equipo la que nos devuelva el orgullo de ser lo que somos, sin complejos, desde hace más de 500 años: una de las naciones más antiguas de la Tierra, con una historia de riqueza en su diversidad. La nación que supo sobreponerse a la conquista árabe o a Napoleón; la que llegó al Nuevo Mundo y la que supo dejarlo.
Ha vuelto el gusto por decir lo que somos sin vergüenzas ni angustias, de pronunciar la palabra que mejor nos define a todos y que no es otra que España.
A veces, hechos casi insignificantes en el mar de la Historia hacen que resurjan sentimientos dormidos o avergonzados. Y es que nuestra bandera merece la pena vivirla y defenderla.
Soy español; esa es mi bandera.
¡Gracias, Selección!
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Ahí está España; desde la cumbre de Sierra Nevada, desde el Mulhacén, el Veleta o la Alcazaba, podemos contemplarla por encima del tiempo y de la distancia… Y amarla.
