El uso de los símbolos de una nación debe ser muy cuidadoso; nunca está de más comprobar y volver a comprobar, y seguir comprobando, que los que usas son los adecuados. Recuerdo cuando en la base de Herat, en Afganistán, cuando se iban a rendir honores al entonces ministro de Defensa José Bono, en lugar del himno sonó, por dos veces, una oración musulmana. También cuando en Australia sonó el himno de Riego. Recientemente, RevistaProtocolo.com informaba de que la FIFA confundió las banderas de Eslovenia y Eslovaquia.
Pues bien, leo hoy en El Confidencial Digital que una delegación de políticos españoles viajó a la República Dominicana la semana pasada para asistir a un homenaje que el Gobierno dominicano rendía a los 3.500 refugiados españoles que llegaron allí tras la Guerra Civil.
El acto estaba presidido por el presidente de la República Dominicana, Leonel Fernández, y lo acompañaba el embajador español, Diego Bermejo. En el acto se interpretó primero el himno nacional dominicano y, cuando correspondía el turno al himno nacional español, en el vídeo conmemorativo se escuchar completo el republicano Himno de Riego.
Parece ser que el embajador español, en un alarde de saber estar encomiable, permaneció impertérrito todo el tiempo que duró el himno, con rostro serio e inmutable, señala este diario digital. Los demás españoles presentes no dejaban de mirarle, para ver si hacía algo, pero se mantuvo absolutamente quieto: ni un gesto.
Nuestro embajador se comportó como un caballero: temple y seriedad ante el error de los demás, pero el error de los organizadores es “imperdonable”.
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Ahí está España; desde la cumbre de Sierra Nevada, desde el Mulhacén, el Veleta o la Alcazaba, podemos contemplarla por encima del tiempo y de la distancia… Y amarla.
