Estaba viendo ayer la ceremonia de premiación del torneo de Wimbledon (¡felicidades Rafa, eres el más grande) cuando no pude creer lo que estaba viendo: la bandera británica utilizada como mantel en una ceremonia bastante sosa y tal vez excesivamente sencilla en la que lo más destacado fue el tradicional mordisco de Nadal a la copa recién ganada.
La bandera, sea del país que sea, es un símbolo suficientemente importante como para usarla en según qué situaciones: como cortina para una inauguración, como ropa interior o como mantel de una mesita que se va a utilizar como centro de una ceremonia de entrega de trofeos en uno de los torneos de tenis de mayor prestigio del mundo.
Un poco de imaginación no hubiese sobrado. Tan poco interesante fue el acto que la principal protagonista para el realizador de televisión fue la novia de Rafael Nadal. Y lo menos interesante, las entrevistas en directo. ¿Que van a contestar a las preguntas? Pues es evidente que los típicos tópicos: ambos, que su rival ha hecho un gran partido.
En fin, que no está de más si los organizadores dan una vuelta a esta ceremonia carente de interés.
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Ahí está España; desde la cumbre de Sierra Nevada, desde el Mulhacén, el Veleta o la Alcazaba, podemos contemplarla por encima del tiempo y de la distancia… Y amarla.
